La salvación en Jesús
 

 
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Presentamos a un Jesús, muerto, resucitado y glorificado como la única solución para el mundo y cada individuo.
Dios nos ama, pero, el pecado nos impide experimentar ese amor. El hombre solo no puede salvarse. Si el hombre era incapaz de llegar a Dios, Dios llegó al hombre. Cuando no había esperanza alguna de solución, entonces brilló una luz en medio de las tinieblas: Dios cumplió su promesa de salvación.
A pesar de todo lo que pasa y de nuestra inclinación al pecado, si hay una solución para el mundo y para cada hombre: se llama Jesús. En El, Dios cumple su promesa. Jesús mismo es la salvación.
Desde el momento mismo en que nuestros primeros padres pecaron, Dios nos prometió la salvación(Gen. 3,15).Jesús, descendiente de la mujer, aplasta la cabeza del enemigo; es el único que ha vencido a Satanás (Jn. 16,33).
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Salvación del pecado
Jesús es el cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo, para que podamos vivir en plenitud y en abundancia. Su misión no es sólo quitar los males y sufrimientos de este mundo, sino arrancar la raíz que origina este mal: el pecado.
Por nuestro pecado, todos nosotros estábamos enemistados de Dios y teníamos con El una cuenta pendiente que no éramos capaces de saldar. Pero, nos pasó como si habiendo comido en un restaurante, al momento de pagar la cuenta, no tuviéramos dinero, de manera que irremediablemente tendríamos que ir a la cárcel. Y, en ese instante, se acerca el dueño del negocio y nos dice: “el señor que estaba sentado en la otra mesa lo conoce a Ud. y ya pagó su cuenta”. De esta misma forma es que Jesús tomó la nota de cargo y la clavó en la cruz(Col 2,13-14). Así, ya ninguna condenación pesa sobre nosotros. Nuestros pecados han sido perdonados gracias a la sangre de Cristo que le pidió al Padre: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”. Por eso, ya estamos en paz con Dios y nos podemos acercar confiados a El, por los méritos de Cristo. Cuando Dios perdona nuestras culpas y pecados, perdona para siempre (Miq. 7,19).
Liberación del pecado
La obra de salvación no se limita a quitarnos nuestros pecados, sino a liberarnos, es decir, nos capacita para ya no pecar. El pecado es una esclavitud, una debilidad que arrastra nuestro cuerpo. Hacemos el mal que no queremos y no somos capaces de hacer el bien que debiéramos. Pero, ahora somos nuevas criaturas en Cristo, no estamos al servicio del pecado, y con la fuerza que Jesús nos transmite, no tiene poder sobre nosotros.
Dios envió a su Hijo para traer vida en abundancia (Jn. 10,10)(Rom. 5,20).
Jesús es presencia del amor del Padre para con los pecadores, para que allí donde abunde el pecado, sobreabunde el amor misericordioso de Dios.
Jesús vivió la vida humana en toda su plenitud, enseñándonos la verdadera dimensión del ser creado a imagen y semejanza de Dios. Jesús le da verdadero sentido a la existencia e instaura la paz en el corazón de todos.
Jesús venció al pecado
Dios envió a su Hijo, quien tomó nuestra condición humana y habitó entre nosotros, haciéndose semejante a nosotros en todo, menos en el pecado.
Jesús no fue asesinado. El voluntariamente se entregó a la muerte por nosotros, para cargar con nuestros pecados. El tomó sobre sí nuestras culpas y al morir en la cruz, murió con El, nuestro pecado y sus conse-cuencias:
-Con su resistencia pacífica murió toda violencia.
-Con la entrega de todo lo que tenía murió el afán de riquezas y la ambición de poder.
-Con su impotencia murió el deseo de dominio y poder terreno.
-Con su sumisión al Padre murió la rebeldía frente a Dios.
-Con el abandono en manos de su Padre murió toda seguridad terrena.
-Con su perdón murieron los odios, rencores y resentimientos.
-Con su confianza murió toda desesperación y angustia.
-Con su entrega murió todo egoísmo.
En la cruz de Jesús murió todo lo que no nos dejaba vivir como hijos de Dios y por su sangre, fuimos rescatados, lavados y purificados. La obra salvífica llega a su culmen máximo cuando Jesús resucita, dejando muerto el pecado. En la resurrección Jesús vence a la peor de todas las consecuencias del pecado: la muerte.